Por Andrés Manuel López Obrador

El triunfo electoral de Donald Trump en noviembre del año pasado puede explicarse por el uso propagandístico de consignas electorales diseñadas para aprovechar el descontento, la frustración de sectores de la sociedad estadunidense afectados por el desempleo, la pobreza y las ineficacias de las instituciones públicas y para desviar la atención de esos problemas reales y enfocarla en enemigos imaginarios.

La lógica del pragmatismo electoral puede estar basada en diagnósticos erróneos y en promesas irrealizables, ya sea por su vaguedad o bien porque chocan con realidades económicas insoslayables. El objetivo central era llegar a la Casa Blanca, incluso si para lograrlo fuera necesario fomentar el odio racial, la paranoia colectiva y un orgullo imperial, obsoleto en el mundo contemporáneo.

Si la ofensiva en contra del Obamacare fracasó, si la anulación rasa del Tratado de Libre Comercio entre México y Estados Unidos no resulta viable y si la construcción del muro fronterizo se empantanó en problemas presupuestales, jurídicos, técnicos y hasta ambientales, la nueva administración podía al menos emprender la criminalización y persecución de los trabajadores migrantes. Y así lo hizo.

El 9 de noviembre de 2016 quedó claro que la relación bilateral México-Estados Unidos entraba en una etapa problemática, no sólo porque la xenofobia y el racismo se volvían política gubernamental y por la amenaza de obstaculizar los intercambios comerciales, sino también por la pretensión abusiva y arbitraria de obligar a los mexicanos a pagar por una cerca fronteriza que no es un proyecto propio ni binacional sino un intento de imposición y sometimiento inaceptable e incompatible con la legalidad internacional.

La noche anterior, enviamos un mensaje para puntualizar que México es una nación soberana y para expresar nuestra solidaridad con los migrantes de todas las nacionalidades que habitan en Estados Unidos. En ese momento pedimos al presidente Enrique Peña Nieto que adoptara una actitud digna y firme ante las pretensiones de la nueva administración, algo que Peña no hizo, ni hará. El Movimiento de Regeneración Nacional puso sus comités en territorio estadunidense a disposición de nuestros connacionales amenazados para brindarles asistencia jurídica, y llamamos al conjunto de los mexicanos a construir la unidad nacional que se requiere en esta circunstancia.

Trump se dedicó, tras su toma de posesión, a acentuar su discurso antimexicano y a endurecer la persecución de los migrantes. Ante la abulia del gobierno de Peña Nieto y su falta de voluntad para defender a nuestros compatriotas, el 15 de marzo acudimos a interponer una queja a la oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para Derechos Humanos.

Los trabajadores mexicanos que acuden a Estados Unidos no son, como lo afirmó el entonces candidato Trump, delincuentes, narcotraficantes ni violadores. En su inmensa mayoría son gente honrada y de trabajo, expulsada de su propio país por los desastres sociales generados en tres décadas de gobiernos neoliberales que destruyeron la industria nacional, el tejido productivo del campo, los sistemas públicos de educación y salud y la seguridad de los habitantes, y que alimentaron el surgimiento de poderes delictivos que hoy aterrorizan a México. Esos expulsados realizan un aporte doble y fundamental a la economía de ambos países, pues allá pagan impuestos y representan una mano de obra barata que le permite a Estados Unidos mantener su competitividad ante Europa y Asia, y envían a México mas de 20 mil millones de dólares anuales en remesas.

Para superar la alteración de la relación bilateral y defender a nuestros ciudadanos en Estados Unidos nos hemos fijado dos tareas: por un lado, explicar a los ciudadanos de ese país que han sido engañados por un discurso demagógico con el propósito de satisfacer una ambición electoral y ocultar las causas reales de su situación; por el otro, exponer a los migrantes mexicanos la importancia de su presencia y su trabajo en el lado norte de la frontera y hacerles ver el impacto que ha tenido en sus vidas la aplicación del dogma liberal en México.

Independientemente de la determinación del presidente Trump de atizar la xenofobia y el racismo, creemos que la mejor defensa de los trabajadores migrantes es ofrecerles posibilidades de vida digna en su propio país a fin de que no se vean forzados a abandonarlo. Para ello debemos retomar el crecimiento económico, generar empleos y mejorar las condiciones de vida de la población en general. Para reducir en forma significativa el flujo migratorio debemos reactivar la producción agrícola, impulsar a los sectores productivos y elevar los salarios.

La liberación de los recursos presupuestales que esas tareas requieren implica un combate intransigente y frontal a la corrupción en las oficinas públicas, una práctica legal y moralmente intolerable en la que actualmente desaparecen cerca de 50 mil millones de dólares al año. Si invertimos esa suma en educación, salud, vivienda y reactivación económica en general, podremos dar un giro radical a la actual circunstancia nacional de descomposición, crisis y desesperanza.

Nuestro objetivo es atacar al mismo tiempo las raíces de la emigración, de la inseguridad y la violencia. Estamos convencidos de que la verdadera solución a los problemas de México es mejorar las condiciones de vida de la gente, no recurrir a la fuerza militar en contra de los grupos delictivos.

Aspiramos a conformar un gobierno respetuoso frente a su vecino del norte que no cejará, sin embargo, en su determinación de defender la soberanía mexicana. Para ello libraremos una batalla de ideas ante quienes alientan el egoísmo, el rechazo de clase, las fobias y la discriminación en todas sus variantes, y buscaremos persuadir al presidente Trump de que su política exterior es errónea y contraproducente.

Propugnaremos una relación bilateral armónica, basada en la cooperación para el desarrollo. Con la convicción de que en la colaboración ganamos todos. En la confrontación, los Estados Unidos y Mexico perderán.

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