Alan Feuer-The New York Times

La bala del asesino, que zumbó al pasar por su oreja, tumbó a Jesús Zambada García. No estaba muerto, solo herido. El disparo le dejó una herida roja y profunda en la cabeza.

Zambada, quien había sido emboscado por unos atacantes en una tienda de Ciudad de México, se levantó y comenzó a disparar. En medio de una caótica lluvia de balas, le dio a uno de ellos. El otro escapó.

“Estoy vivo porque la bala no me perforó el cráneo”, dijo el jueves.

Zambada relató ese intento de asesinato durante su segundo día como testigo en el juicio contra su antiguo jefe en el Cártel de Sinaloa, el narcotraficante mexicano Joaquín “el Chapo” Guzmán Loera. Después de testificar el martes sobre los métodos de financiamiento y contrabando de esa organización delictiva, Zambada habló el jueves sobre los aspectos más infames del cártel: su gusto por la violencia y su talento para la corrupción.

Durante casi cinco horas le contó al jurado historias de primera mano sobre las brutales guerras entre los cárteles en México; entre ellas, el momento en que estuvo a punto de morir, en 1994, cuando fue localizado por sicarios del Cártel de los Arellano Félix, uno de los peores rivales del grupo de Sinaloa.

Contó la anécdota con un estilo sórdido que podría describirse como narcogótico. El relato estuvo lleno de referencias a un cardenal católico asesinado, un baño de sangre en un club nocturno de Puerto Vallarta y el asesinato de un traficante competidor que fue derribado por un disparo en el cuello.

“Siempre terminan con muertes”, comentó Zambada sobre las batallas que había enfrentado. “Hay muchos asesinatos”.

Fue la primera vez en el juicio, que se está llevando a cabo con extremas medidas de seguridad en la Corte Federal de Distrito en Brooklyn, que un testimonio se volvió espeluznante. No obstante, la naturaleza violenta de las historias quedó socavada por la actitud indiferente del narrador. Incluso mientras hablaba de su pistola favorita (una calibre .38) y del asesinato de su propio hermano, Zambada parecía relajado, acariciaba su barbilla y hacía girar su silla de manera casual.

Su narración comenzó en los inicios de la década de 1990, cuando Guzmán y sus socios sinaloenses —entre ellos Zambada y su hermano, Ismael “el Mayo” Zambada García— desataron una guerra contra otro par de hermanos, Benjamín y Ramón Arellano Félix, que dirigían un cártel en Tijuana. Los enfrentamientos iniciaron cuando Ismael Zambada dejó de trabajar para ellos y se unió a uno de los más antiguos aliados de Guzmán.

Zambada le contó al jurado que, después de la separación, los hermanos Arellano Félix les cerraron la frontera de Tijuana a los sinaloenses, una orden que Guzmán, testarudo, ignoró. Los hermanos estaban furiosos y, según Zambada, Guzmán intentó vengarse en 1992.

Los fiscales dicen que, en las primeras horas de la mañana del 8 de noviembre de 1992, una banda de asesinos armados pertenecientes a la organización de Guzmán entró a Christine, una discoteca en Puerto Vallarta, sacaron armas de sus abrigos y apagaron las luces a disparos. Según Zambada, esa noche Guzmán había planeado asesinar a Ramón Arellano Félix. Aunque él sobrevivió, murieron algunos de sus sicarios y varios civiles.

Al año siguiente llegó el momento de la venganza para Arellano Félix. En uno de los más célebres homicidios de la historia de México, el cardenal Juan Jesús Posadas Ocampo fue asesinado en 1993 en el aeropuerto de Guadalajara. Zambada afirmó el jueves que Arellano Félix fue el responsable. Testificó que el traficante había asesinado al cardenal por accidente cuando trataba de matar a Guzmán.

Hizo falta una década más para que se acabara ese ciclo sangriento. En febrero de 2002, las autoridades detuvieron a Arellano Félix en la ciudad costera de Mazatlán. Después hubo un tiroteo, y el capo proveniente de Tijuana escapó hacia un hotel, pero, antes de llegar, alguien le disparó en el cuello.

Los funcionarios mexicanos culparon a la policía del asesinato, pero Zambada reveló en su testimonio que el policía que había asesinado a Arellano Félix trabajaba para el Cártel de Sinaloa. Guzmán estaba feliz por la muerte de su enemigo, agregó.

“No hubo nada que le diera más placer que matar a Ramón Arellano”, le dijo Zambada al jurado.

Antes de relatar sus historias sangrientas, Zambada confesó un crimen más: cada mes, durante más de una década, había pagado personalmente 300.000 dólares en sobornos a una plantilla de funcionarios mexicanos. Como recolector financiero del cártel, Zambada admitió haber sobornado a oficiales militares, a las policías municipal y federal, a las autoridades de los puertos marítimos y los aeropuertos, a los funcionarios de la procuraduría general e incluso a representantes de la Interpol.

También dijo que esos pagos ilícitos fueron particularmente útiles cuando Guzmán escapó de prisión en 2001, oculto en un carrito de lavandería. En colaboración con su hermano, Zambada ayudó a que el capo burlara a sus captores coordinando el uso de un helicóptero que lo transportó a un lugar seguro.

Según Zambada, en cuanto Guzmán estuvo fuera del alcance de las autoridades, él y su hermano condujeron a su jefe al centro de Ciudad de México, el territorio que el testigo controlaba en nombre del cártel. Había organizado que la policía los escoltara, pero Guzmán de pronto se puso nervioso cuando una patrulla y una motocicleta frenaron repentinamente.

Zambada intentó calmarlo. “Le dije: ‘No te preocupes’”, le contó al jurado. “Esta es nuestra gente. Están aquí para protegernos”.

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