José José fue heredero de un don y de su maldición; el trovador maldito de una madrugada excesiva que signó su victoria por un páncreas exhausto, con el silencio y con la muerte.

María Eugenia Sevilla-El Financiero

No era nadie. Quería ser. Y ese 15 de marzo de 1970, sería. Con 22 años, un saco prestado y una voz, José Rómulo Sosa subió al escenario del Teatro Ferrocarrilero. Le bastó una canción para marcar el signo de otro tiempo en el II Festival Mundial de la Canción Latina. Que no le otorgó el primer premio, pero dio resonancia vitalicia a su nombre. Ese nombre extraño que se construyó con el eco de sí mismo: José José. Enfático, necio, reafirmado: soy, soy. Una llama doble.

Si un hombre se lleva a sí mismo en el nombre, aquella repetición, siempre dramática, contuvo en ella dos destinos: el propio y el de su padre, José Sosa, a quien rindió honor en su alias de artista.

El suyo quedó sellado ese 15 de marzo de 1970 por el título de su canción: El triste. La pieza inmortal de Roberto Cantoral con que también se ganó el título de ‘Príncipe de la Canción’. De una realeza clasemediera y atormentada. De un México sin consuelo.

José José fue el Príncipe infeliz. El heredero de un hermoso don y de su maldición. Hijo del arte, de su padre heredó dos locuras: el canto y la adicción. José Sosa fue un tenor reconocido, con presencia frecuente en el Palacio de Bellas Artes y una voz brillante que se fue a pique por su problema con la bebida.

En la casa familiar de la colonia Clavería todo era ópera –la música popular y el rock and roll estaban prohibidos allí– y la desgracia del alcohol: las riñas, luego la ausencia y la infidelidad paterna, ligada a esa forma tan mexicana de la abnegación de la madre –que también se dedicó a la música, era pianista.

Con todo, José, el chico, se las arregló para cantar lo suyo, boleros y canción romántica en las serenatas de juventud, en las que descubrió la libertad de la noche, del andar la madrugada, de ser él entre las sombras y ganar, además, los centavos.

No cultivó jamás la técnica operística y ahí radica quizá, el encanto de su estilo: una forma de impostar la voz con la naturalidad de un crooner y la delicadeza de emisión de un belcantista, dotado con una capacidad inusitada para alargar una frase, interminable, en el aire. Y aquello que no se puede aprender porque es cuestión de genes: el timbre, ese color único de la voz.

Una voz que halló su elemento en la herida. Aun en sus veintes, José José no fue el intérprete de amores juveniles y decepciones imberbes, tampoco del desamor adulto que se flagela a lingotazos de tequila. No.

Desde su debut con El Triste, José José encarnó el pathos de un tiempo distinto en la Ciudad de México, de una forma urbana y más dotada de capital para celebrar el deseo y diluir la pérdida, una clase que dejaba de lado la cantina para reconocerse en ‘El Patio’.

Las noches citadinas eran ahora de ron con coca –la del refresco de cola y la que permite seguir bebiendo– y José José, con traje de etiqueta, fue el poeta maldito de su madrugada. Una madrugada, excesiva, que nunca fue tan larga: el delirium de una cama vacía, del si me dejas ahora, del amor acaba.

Cantoral, Napoléon o Pérez Botija fueron sastres de una lírica que hizo el traje a la medida de este trovador, que supo ahogar en la belleza etílica el vacío y la nimiedad de todo perdedor. Como él. Se cantó a sí mismo en la caída. Con una poética que alcanzaba todos, del intelectual a la secretaria, del ama de casa al estudiante que hoy repite el ritual de la eterna madrugada.

Nunca dignificó su borrachera, menos aún su destrucción autoinfligida. Por el contrario. En su biografía, de título llano, Esta es mi vida, admitió que fue de todo y sin medida, y se dibujó desde la vergüenza.

Aquella voz que besaba como una mar en calma, como un golpe de mar, fue al alba la voz de la resaca. José José no ocultó jamás la huella de sus batallas, de la guerra que signó su victoria con el silencio y con la muerte, por páncreas exhausto, el sábado pasado, en Florida.

Acá la madrugada se prolonga aún en honor al ídolo, a la espera de que sus restos reciban el merecido homenaje. Acaso sólo en cenizas logre –triste la alta cultura, que tanto excluye– celebrar por fin su legado en el Palacio de Bellas Artes.

Gran legado musical

A lo largo de su trayectoria discográfica fue nominado en nueve años consecutivos al Premio Grammy en la categoría de Best Latin Pop.

1963. Inicia su carrera a los 15 años, con la formación de un trío junto con su amigo Alfredo Benítez y su primo Francisco Ortiz

1969. Cuidado es el nombre de su primer álbum con RCA Víctor, editado por Rubén Fuentes y Armando Manzanero.

1970. Aparece su segundo disco, La Nave del Olvido, que lo da a conocer a nivel nacional.

1970. Interpreta el tema de Roberto Cantoral, El Triste, durante el II Festival de la Canción Latina. Lanza el disco del mismo nombre de la canción que lo lleva a la internacionalización.

1972. Debuta en cine con la cinta Buscando una sonrisa. Después vendrían Un sueño de amor, ese mismo año y La carrera del millón.

1977. Graba su álbum Reencuentro, que incluye los éxitos Gavilán o Paloma, Buenos días amor y Amar y querer.

1978. Aparecen los discos Volcán y Ya lo pasado pasado, con temas como Lo que no fue no será; Lo pasado, pasado, y Almohada.

1982. Sale al mercado su primera recopilación de éxitos, 20 Triunfadoras de José José, que incluye los temas Será, Preso y Polvo enamorado.

1983. Su álbum Secretos obtiene 22 discos de oro y platino por sus altas ventas. Se calcula que a la fecha ha vendido 15 millones de copias. Gracias a este álbum recibió el nombre de Mr. Sold out. Estuvo 40 semanas en el primer lugar del Hit Parade de la lista de Billboard en América Latina y EU. Incluye canciones como Lo dudo, El Amor acaba, Cuando vayas conmigo, Quiero perderme contigo.

1984. Graba el disco Reflexiones; con más de 3 millones de copias, logra discos de Oro y Platino. A dúo con Lani Hall interpreta Te quiero así.

1985. Estelariza la cinta autobiográfica Gavilán o Paloma, donde lo acompaña Christian Bach. Aparece el disco del mismo nombre.

1988. Interpreta al compositor Álvaro Carrillo en la película Sabor a mí, le acompaña en el reparto Angélica Aragón. Sale un LP del mismo nombre con temas como Seguiré mi viaje y Cancionero.

1990. Festeja sus primeros 25 años de carrera con homenaje en Siempre en Domingo, y álbum doble con sus éxitos.

1992. Su álbum 40 y 20 obtiene disco de Oro. Es su último acetato.

1998. Aparece el primer álbum Tributo, cuyos temas son interpretados por rockeros. A la fecha se han grabado 12 discos homenaje que le hacen otros artistas.

2003. Devela su Estrella en el Paseo de la Fama de Hollywood.

2005. Fue homenajeado como ‘Persona del Año’ en la premiación del Grammy Latino. La academia de la música lo nominó en nueve ocasiones.

2008. Durante la Feria Mundial del Libro de Miami presenta su autobiografía Esta es mi vida.

2011. Con su gira ‘El regreso del Príncipe’, recorre Centro, Sudamérica y EU.

2015. Ofrece sus últimos conciertos en Centro y Sudamérica. Mediante un video realizado en marzo de 2017, anuncia que padece cáncer de páncreas.

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